Todo hombre por naturaleza tiene aspiración al conocimiento. Sabias palabras que desafía la máxima popular actual que asegura “el mejor vino es el que más te gusta”. ¿Por qué? Porque deja en evidencia que sin conocimiento no puede haber atracción verdadera, o duradera. Veámoslo de esta forma; nadie se enamora sin conocer. Se puede quedar flechado a primera vista o impactado a primera copa. También se puede disfrutar mucho de un vino la primera vez que se lo toma, incluso siendo un bebedor ocasional; de esos que no le prestan demasiada atención a la cosa (que está en la copa). Pero para disfrutar más hay que conocer.

Esa es la cuestión. Conocer es más que saber, nos preguntamos. Saber de qué. Quién lo hizo, dónde lo hizo, cómo lo hizo, cuándo lo hizo. ¿Tan relevante pueden ser esos datos que se pueden aprender simplemente leyendo las contra etiquetas y hurgando un poquito en Google? O saber significa saber degustar. Ese acto sensorial que no se aprende en ningún lado pero se puede practicar todos los días y en cualquier lugar.

En realidad, para mi es una mezcla de ambas. Peor lo más importante es la actitud que cada uno pueda poner en hacerlo.

La práctica hace al buen degustador, pero será necesario tener algún tipo de metodología. Es decir, cada vez que se está frente a un vino hay que querer grabarlo en nuestro disco rígido (memoria). Algo que con los dos primeros sorbos alcanza y sobra. Los más avezados incluso imprimirán sus sensaciones en algún dispositivo (incluyendo libretita, por que no). En este caso leer sobre descripciones de vinos en los medios referentes que suelen calificarlos, permitirá al degustador ampliar su lenguaje. Algo necesario si se quiere compartir una opinión con los demás y que éstos nos entiendan. Ya que no importa que demostremos ser una máquina detectora de fragancias y sabores, sino cuan bueno (o no) nos parece un vino. Y si a esto, con el tiempo, le agregamos un poco de cultura, será mucho mejor. Un viaje a la bodega, una degustación con el enólogo o una cita sobre alguna nota hablando del terruño de donde provienen las uvas del vino en cuestión sin dudas hará más placentero cada trago, a la vez que nos permitirá ser más elocuentes y descriptivos a la hora de hablar sobre vinos. Muy lejos está esto (o debiera estar) del esnobismo. El conocimiento no se demuestra, se comparte. En materia de vinos nadie puede enseñarle al otro nada, pero sí puede compartir su experiencia. Y a través de ello, quizás, la otra persona pueda llegar a disfrutar más.

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